Historias
La Vida en Istaria
- Detalles
- Creado en Martes, 24 Febrero 2004 00:48
- Escrito por Maruxia Menea
La
vida en Istaria no es fácil. Desde tiempos remotos, las razas vivas de
Istaria han estado siempre en continua lucha para la supervivencia. La
guerra y el sufrimiento son una constante en Istaria, todo ello
provocado por las hordas de no muertos conocidos como los Decrépitos
Aegis que tratan de usurpar las tierras a las poblaciones civiles de
Istaria. En este mundo vive Maruxia Menea, una joven elfa oscura que
poco a poco va aprendiendo a ganarse la vida y a luchar por defender lo
poco que aún tiene. No sólo lo que tiene, sino ayudar a las otras razas a defenderse de los Aegis. Precisamente este enemigo común ha unido a las razas de Istaria dejando a un lado las diferencias y rencillas entre razas, al menos por el momento. Maruxia está aprendiendo a ser una exploradora, una actividad para la que su raza está especialmente dotada. Pero explorar no da de comer y Maruxia además se gana la vida construyendo armas y herramientas, y deseando llegar a ser una auténtica experta en la construcción de arcos, su arma favorita.
Maruxia no está sola, se ha unido a un grupo de amigos y han fundado un gremio, Los Halcones Rojos, para trabajar conjuntamente y así poder mejorar y trabajar de una manera más eficiente.
Amanece
en el pequeño asentamiento de New Trismus. Tras muchas jornadas de
trabajo y entrenamiento, hoy por fin podré ejercer como una exploradora
de verdad. Después de numerosas pruebas y encargos de poca importancia
por parte de una de las entrenadoras que ha puesto el imperio para
preparar a la población, llega la hora de enfrentarme al peligro. La
actividad de los Aegis requiere una continua vigilancia de sus
movimientos y así poder prevenir sus próximas actuaciones. Sadie, mi
entrenadora, me ha encomendado una tarea que consiste en explorar una
serie de zonas para informar de cualquier actividad de los Aegis. El
primer punto de la ruta está situado al sureste de Dalimond, la ciudad
portuaria del Oeste.
Según las últimas informaciones, los Aegis se han instalado en antigua ciudad que yace en ruinas. Sin tiempo apenas para recoger mi equipamiento, me dirijo rumbo a Dalimond para desde allí dirigirme a la ciudad abandonada. Con un nudo en la garganta me dispongo a cruzar por el portal mágico que me llevará hasta la ciudad, pero una voz me detiene.
- Hola Maruxia
- Avatar, dichosos los ojos.
- ¿Tú usando un portal mágico?
- No tengo mucho tiempo para explicártelo, sólo que me han encargado una peligrosa
tarea.
- Te acompaño.
Avatar Astur es otro de los componentes de los Halcones Rojos. Es un humano con una gran capacidad de lucha y una gran habilidad para realizar todo tipo de tareas. Cuando llegamos a Dalimond le puse al corriente de lo que me habían encargado, y a pesar de la inquietud que le producía el acercarse a los Aegis, no dudó en acompañarme, algo que me tranquilizaría bastante.
Dalimond es una ciudad pequeña si situada a la orilla del mar en la falda de una montaña. Está formada por casas de construcción modesta de madera y adobe que se alternan con las sedes de los gremios, unas construcciones más sólidas de piedra. Destaca por su puerto y por un gran faro que domina toda la ciudad, y como no podía ser de otro modo, una empalizada rodea casi toda la ciudad.
Desde allí partimos hacia el sureste primero siguiendo el camino principal en un principio, pero pronto lo abandonamos para pasar lo más desapercibidos posibles. La jornada transcurría tranquila sin encontrar ningún peligro o algún indicio de los Aegis. Avatar y yo conversábamos tranquilamente mientras atravesamos una zona de bosque de cedros centenarios que resultaban una alegría para la vista. De pronto, mis sentidos detectan el peligro.
- Espera, detrás de esa colina hay algo.
- ¿Qué?, no pueden ser los Aegis tan cerca.
- No lo sé, pero presiento el peligro.
- Vayamos a ver.
- Espera que primero me acerco yo, eres un poco torpe moviéndote con sigilo...
- ¿Torpe?, serás...
- Shhh, espera.
Subí la colina sigilosamente y tras ella encontré una manada de lobos salvajes, tal vez preparándose para una jornada de caza. Estos lobos eran de un tamaño considerable, algunos podrían llegarme a la altura del pecho. Sus músculos se marcaban entre el pelaje gris que cubría su piel.
- Son lobos susurré a Avatar-
- ¿Cuantos son?
- Siete u ocho
- ¿Podremos con ellos?
- No nos han hecho nada, no tenemos por qué atacarles y además, son demasiados.
- Pues vámonos.
En
cuanto me dí la vuelta observo como un lobo está a punto de abalanzarse
sobre Avatar. Casi de inmediato, tenso mi arco y una certera flecha
alcanza al lobo en un costado justo cuando este saltaba sobre Avatar,
pero afortunadamente el dolor impidió que realizara bien su ataque. El
lobo cayó sobre Avatar pero no llegó a morderle. Como pudo se quitó al
animal de encima y salió corriendo camino abajo con varios lobos detrás
de él. Empecé a disparar flechas y los lobos heridos abandonaron la
persecución, pero uno de ellos, al que le disparé la flecha, continuaba
implacable tras su presa.
Corrí tras ellos mientras intentaba asaetear al lobo sin éxito. Avatar corría y corría y parecía exhausto, pero el lobo herido no podía seguir corriendo ya que perdía mucha sangre y finalmente abandonó la carrera. Sin que detectara mi presencia, me dirigí hacia mi amigo para tratar de curarle las heridas. No hizo falta, Avatar tenía habilidades de magia y pudo curarse con unos hechizos. Nunca entenderé la magia.
- ¿Estás bien?
- Sí, sólo ha sido un susto. Unos rasguños sin importancia
- Menudo susto, no me dio tiempo a avisarte, lancé una flecha casi sin pensar
- Me salvaste, te debo una.
- Hice lo que tenía que hacer.
Continuamos la ruta hacia la ciudad abandonada, pero esta vez con
menos tranquilidad. Apenas hablamos durante el camino y no dejamos de
mirar hacia todas las direcciones buscando lobos o algo peor. Llegamos
a una gran pradera con un cruce de caminos, y desde allí nos dirigimos
al oeste bordeando una montaña. El terreno empezaba a parecer más seco
y con menos vegetación, y llegando a un valle la luz empezó a
desaparecer, el cielo se oscureció y se cubrió de nubes, y un fétido
aroma impregnó nuestras entrañas. Sin duda los Aegis estaban cerca.



